
Hay escritores que cuentan historias y escritores que inventan una manera de mirar. Manuel Vicent pertenece a esa segunda especie, cada vez más rara. Basta leer unas pocas líneas suyas para entrar inmediatamente en un territorio reconocible: el Mediterráneo. Brillando al fondo de una conversación política, el olor de la sal mezclado con gasolina de lancha y whisky frío, una mujer elegante cruzando una terraza al atardecer, el humo lento de un cigarro en una sobremesa de verano… La memoria convirtiendo cualquier escena cotidiana en una pequeña pieza de arte. Leer


