
A partir de los 40 años —si no antes— la jubilación empieza a imaginarse como una especie de tierra prometida: menos obligaciones, más tiempo propio y la posibilidad de vivir por fin sin la presión constante de la productividad. Sin embargo, la psicología lleva años advirtiendo de una paradoja poco comentada: cuando el trabajo deja de organizar los días —y también parte de la identidad— no todo el mundo sabe qué hacer con tanto tiempo cuando, irónicamente, los jubilados más felices no son los más ocupados. Leer


