
Hay un momento en primavera en el que la luz deja de ser una promesa y se vuelve real. No es el primer día de sol, ni el más evidente, sino ese en el que las tardes se alargan lo suficiente como para que todo parezca ligeramente distinto. Y en ese pequeño desplazamiento —casi imperceptible— también cambia la forma en que leemos. Leer


